sábado, 14 de junio de 2014

Los políticos no tienen los pies en la tierra

Uno de los grandes problemas de los políticos es que no tienen los pies en la tierra. En general se dedican únicamente a lo que consideran los grandes temas, los que les proporcionan popularidad y salir en los medios de comunicación, y se olvidan de los problemas del día a día, que son los que realmente interesan al ciudadano de a pie.

Ha habido en la historia muchos políticos que han ascendido haciendo creer a la población que eran uno más, que iban a ser los representantes de sus problemas y los que les iban a dar solución. Pero en cuanto han llegado a tocar cuotas de poder, se han convertido en lo que, acertadamente, Pablo Iglesias ha denominado "la casta".

Esa casta llega un momento en el que sólo se preocupa por perpetuarse a sí misma. No tiene más interés que ganar las elecciones para seguir viviendo de la que se ha convertido en su profesión: ser político.

Mujica, el presidente de Uruguay lo ha dicho bien claro: quien quiera ganar dinero, que se dedique a ser empresario o a otra cosa; pero los políticos estamos para servir al pueblo.

¡Ojalá muchos pensasen como él! y ¡ojalá los ciudadanos supiésemos distinguir quiénes han hecho de la política una profesión con la que ganarse la vida y, si es posible, enriquecerse y quiénes están ahí para servir al pueblo!

Y parece que no debería ser muy difícil, pues estos últimos se pueden contar con los dedos de una mano, y seguramente sobran.

Por todo ello, no es de extrañar que ante problemas puntuales de los ciudadanos lleguen a triunfar movimientos sociales que buscan dar una respuesta que no encuentran en la clase política. Es el caso de los desahucios, por ejemplo,

Me he permitido hacer un pequeño experimento. Sé que no tiene ningún valor científico, pero me ha confirmado algo que me temía: temas puntuales que no generen noticia no interesan a los políticos. En efecto, he enviado twits a diferentes políticos teóricamente solidarios, pidiendo su apoyo para una campaña de crowdfunding con tintes solidarios relacionados con la salud y también medioambientales. No voy a desvelar el listado, pero sí quiero decir que la petición era tan simple como que difundan ese proyecto, algo que no cuesta más que tocar una tecla y retwitear. Por supuesto, preferiría (y de hecho así deberían hacerlo) que leyesen el proyecto para ver que no se les está intentando colar nada raro. Pues sólo uno lo ha hecho: el Partido Pirata.

Podría decir que me han decepcionado, pero no voy a decirlo, porque la realidad es que me lo esperaba. Por si alguien se pregunta de qué proyecto se trata, aquí dejo el link: www.goteo.org/project/the-open-shoes. Y también por si alguien se lo preguntaba, yo he colaborado con el proyecto en la medida de mis escasas posibilidades económicas.

martes, 4 de marzo de 2014

La crisis estaba preparada desde hace años

Cuando hablamos de la crisis, parece que es algo que aparece de repente, sin que nadie sepa cómo ha sido, y se queda con nosotros, haciéndonos retroceder económicamente y en logros sociales. Pero esto no es así. Como suele oírse gritar en manifestaciones, "esto no es una crisis, es una estafa". Probablemente muchos de quienes esto gritan no sepan lo acertados que están.

Esta es una crisis que el gran capital ha ido preparando durante muchos años. Y lo peor de todo no es que estén consiguiendo sus propósitos. Lo peor es que fuimos nosotros quienes les hemos ido dando la pista del camino a seguir.

En efecto, Karl Marx, en el Manifiesto Comunista terminada diciendo: "Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen en cambio un mundo que ganar".

Eran otros tiempos, en los que, por usar el lenguaje de Marx, las clases dominantes mantenían al proletariado en condiciones próximas a la esclavitud, obteniendo grandes plusvalías de esta fuerza de trabajo y cediendo a la misma lo mínimo imprescindible para su mantenimiento físico, para evitar terminar con la gallina de los huevos de oro. Pero estas clases dominantes tenían un cierto miedo. Bien es verdad que tenían a su merced los medios de represión, que no eran sino otros esclavos a los que se dotaba de un poder ficticio sobre el resto. Pero parte del proletariado empezó a tomar conciencia de clase, a darse cuenta de que sin ellos, los ricos no serían ricos, pues los ricos no trabajaban, sino que se limitaban a quedarse con la mayor parte del beneficio que se obtenía del trabajo del proletariado. Y lo mismo sucedía con el campesinado.

Y así las cosas, en algunos lugares empezaron a triunfar revoluciones cruentas que acabaron con el poder económico, y en muchos casos también con las vidas, de grandes capitalistas. Simplificando mucho el proceso, se puede decir que el gran capital se hace consciente de que algo tiene que cambiar para que nada cambie; se da cuenta de la realidad de lo que decía Marx, de que si el proletariado no tiene nada que perder salvo sus cadenas, es un caldo de cultivo continuo para nuevas revoluciones. El gran capital aprende de su enemigo de clase y prepara una estrategia a largo plazo. La idea es simple: hay que adormecer al proletariado, para que deje de ser potencialmente revolucionario. En suma, hay que acabar con el concepto de proletariado, sustituyéndolo por una especie de clase media, que sí tenga algo que perder y que, además, sea el gran capital el que se lo puede hacer perder si se sale del camino marcado.

Así, durante años, se van haciendo pequeñas concesiones: de tipo social, salarial... El proletariado se difumina. Se conceden créditos cuyos acreedores son los únicos que pueden concederlos. Los que durante siglos han obtenido sus beneficios quitándoselos al proletariado, ahora utilizan parte de ese beneficio para prestárselo, en condiciones muchas veces de usura, a los descendientes de quienes han sido víctimas de su latrocinio. Todos somos felices. El proletariado cree que ya no lo es porque dispone de una serie de comodidades que antes estaban reservadas a los grandes capitalistas y estos han conseguido que, cediendo una pequeña parte de sus beneficios, las posibles revoluciones se hayan convertido en meros tira y afloja por unas décimas más de salario. La paz social se había conseguido. O eso es lo que creía la mayoría.

Pero el capitalismo siempre ha sido codicioso. Nunca ha tenido suficiente. No importa que los grades capitalistas tengan mucho más dinero del que pueden gastar ellos y varias generaciones de sus sucesores. Todavía quieren más. Pero no quieren riesgos. Por eso, como decíamos antes, habían urdido una estrategia a largo plazo.

Ahora el proletariado sí que tiene algo que perder: tiene viviendas, automóviles, hijos estudiando, acceso a servicios públicos como la sanidad... Ha ido consiguiendo una serie de comodidades de las que seguramente no quiere prescindir. Y resulta que el acceso a esas comodidades está en manos del gran capital que es quien le está dando trabajo, quien le ha prestado el dinero que necesita para su vivienda, su negocio, su automóvil... Es por tanto el momento de orquestar la estafa de la crisis. Ahora el gran capital va a recuperar lo que ha ido cediendo. Porque ya no hay una gran masa social potencialmente revolucionaria. Porque ya no vamos a salir a la calle a exigir lo que nos pertenece. Porque nos han inculcado el miedo. Porque nos han dormido.

Ahora se trata de convencernos de que hemos estado "viviendo por encima de nuestras posibilidades" para que volvamos a ceder a los grandes capitalistas lo que durante décadas habíamos ido consiguiendo, para que las plusvalías que obtienen de nuestro trabajo vuelvan a crecer. Y los grandes capitalistas son cada vez más grandes porque los actuales medios de producción permiten que las plusvalías sean mayores. Porque el proletariado ya no se reconoce a sí mismo como clase social. Porque la estrategia les ha salido bien.

viernes, 12 de abril de 2013

Emilio Hellín: de asesino a asesor

Emilio Hellín Moro es un nombre que sólo con oírlo me causa escalofríos. Un asesino frío, sin escrúpulos que fue capaz de matar a una joven de 19 años cuyos únicos delitos eran los de ser vasca, ser mujer y querer que la democracia se asentase en nuestro país.

Yolanda era una joven tímida y trabajadora. Tuve la suerte de conocerla y colaborar con ella en su barrio de Deusto en diferentes actividades culturales, en las que ella se implicaba como la que más. Y tuve que llorar su asesinato.

La vida pasa y, querámoslo o no, las cosas y las personas con las que perdemos el contacto, se van olvidando. Pero de repente pueden volver a nuestra memoria y pueden hacernos revivir hechos dolorosos.

El otro día, cuando leí en "El País" que Emilio Hellín Moro se había convertido en asesor de diferentes cuerpos policiales, entre ellos la Ertzaintza, una profunda indignación recorrió todo mi cuerpo. Indignación que se acrecentó al leer el historial carcelario del sujeto. Condenado a 43 años de cárcel, a los 10 meses se fugó junto con un grupo de presos comunes, pero fue detenido a las pocas horas.

Un tiempo después volvió a intentar fugarse durante un traslado de la cárcel de Herrera de la Mancha a la de Cartagena, pero no lo consiguió. Pese a todo y a estar clasificado como preso peligroso, estando en la cárcel de Zamora, el juez de vigilancia penitenciaria de Valladolid, José Donato, le concedió un permiso de seis días (hay que decir que era el cuarto permiso que se le concedía, a pesar de sus antecedentes). Pues Hellín lo aprovechó para fugarse a Paraguay donde, bajo la protección del régimen ultraderechista Alfredo Stroessner, estuvo tres años e incluso montó su propio negocio, asesorando a las fuerzas armadas y policiales paraguayas en temas de su especialidad, como el control de conversaciones telefónicas. Un periodista de "Interviu" lo localizó y consiguió que lo detuviese la Interpol, extraditándolo finalmente a España.

Condenado a 43 años en 1982, 14 años después ya se encontraba en libertad, pese a los años que había estado huido. Precisamente, en 1996 se cambia el nombre por el de Luis Enrique, algo que le concede el Registro Civil de Madrid sin que haya ningún motivo para ello, pese a que el cambio de nombre necesita argumentar motivos de algún tipo. Y en algunos de sus documentos añade una g al final de su apellido, presentándose como Luis Enrique Helling. No tengo ninguna prueba para ello, pero me atrevería a afirmar que los años que pasó en la cárcel recibió un trato de favor. No en vano en el asesinato aparecieron implicados no solo miembros de la extrema derecha, concretamente de Fuerza Nueva, sino de los Cuerpos de Seguridad del Estado..

Considero que todo el mundo tiene derecho a reinsertarse, pero estamos exigiendo que los miembros de ETA pidan perdón por sus crímenes; estamos aplicando doctrinas dudosamente legales para prolongar sus estancias en la cárcel y nos encontramos con la historia de este asesino convicto y confeso, que a todas luces no ha pagado por su crimen y tiene la desfachatez de montar una empresa que trabaja para las fuerzas policiales. Y a pesar de todos los pesares nos lo volvemos a encontrar, como un fantasma del pasado, trabajando para las fuerzas de seguridad y cobrando de todos los españoles, de toda la sociedad con la que, según mi opinión, sigue teniendo una deuda.

Quien quiera más información puede encontrarla en http://yolglez.wordpress.com/, donde también puede encontrar enlaces para páginas en las que firmar para que este asesino no siga a sueldo de todos los españoles.

viernes, 18 de enero de 2013

Todos a la cárcel

El título de esta película de Berlanga es lo primero que me viene a la cabeza estos últimos días, cada vez que veo los informativos.

Hoy no me resisto a escribirlo, a dejar constancia de mi indignación. Según escucho, el popular Bárcenas (popular sobre todo entre los que recibían sus sobres cada mes), repartía dinero a mansalva entre altos cargos de su partido. Cantidades que oscilaban entre 5.000 y 15.000 euros al mes (dicen que esta última cifra sólo la recibía una persona; me vienen varios nombres a la cabeza, pero por el momento, prefiero que sigan ahí).

Ahora todos sus compañeros de partido niegan ser parte de ese latrocinio, de ese reparto que, según se dice, provenía de las comisiones ilegales que se cobraban por adjudicaciones de obras y servicios públicos y  que luego Bárcenas repartía según un criterio ignoto para quien esto escribe pero que me permito sospechar que no sería el propio tesorero el que decidiese el reparto, sino alguien que estuviese por encima suyo en el escalafón del partido.

Es curioso también que Bárcenas, del que ahora muchos reniegan y dicen que hace dos años que no ocupa ya ese puesto, tenga un despacho en la sede de Génova del PP, en el que guarda una documentación que, dicen, es suya y del partido. Y también es curioso que nadie haya ordenado precintar ese despacho para evitar que esa documentación desaparezca, por si alguno de los papeles pudiera incriminar a alguien.

Al principio hacía referencia a "Todos a la cárcel". Pero es que también desconfío de ese título, al enterarme de que la gran mayoría de los indultos que ha promulgado el gobierno en los últimos años han sido a acusados por delitos cuyas víctimas hemos sido todos, es decir, prevaricaciones fundamentalmente. Bueno, hay excepciones, como la reciente del conductor suicida al que se ha indultado y en el que se da la casualidad de que su abogado defensor es compañero del despacho del hijo del ministro de Justicia. La dureza del rostro del ministro llega al punto de que el propio ministro de Interior se haya sentido molesto con el insulto (perdón, el indulto). Espero que, por lo menos, a este indultado no le den también un sueldo de la Administración como en el caso de Carromero.

sábado, 1 de diciembre de 2012

La banda de Rajoy roba a los pensionistas

En un ejercicio de cinismo y abuso de poder, Rajoy acaba de robar parte de su pensión a los jubilados. Con total descaro, Fátima Báñez se atreve a decir que "vamos a pedir la colaboración de nuestros mayores", cuando lo que han hecho es abrirles el bolsillo y quitarles parte de sus, en general, escasos emolumentos.

Hay que dejar claro que la pensión no es un regalo. Durante muchos años, los trabajadores van aportando un dinero. Lo lógico sería que ese dinero quede en un fondo intocable por parte de las autoridades y generando los correspondientes intereses para que, alcanzada la jubilación, el pensionista pueda seguir teniendo unos ingresos.

Es el mecanismo de los fondos de pensiones o de las entidades de previsión social voluntaria que existen en muchos países. En estos casos, son organizaciones ajenas al gobierno las que gestionan ese dinero. Por supuesto, el mecanismo es algo más complejo: parte del dinero se destina a una especie de seguro para cubrir pensiones adelantadas (invalidez...) y la pensión se calcula en función de la esperanza de vida. Es decir que los más longevos se compensan con los que fallecen antes.

Pero, a lo que vamos, es que es un dinero propiedad de quienes lo aportan. Y sería impensable que el gobierno meta mano a ese dinero que no es suyo.

En nuestro caso, como todo está más difuminado, pretenden hacernos creer que es una especie de caridad y el gobierno puede hacer y deshacer según le convenga. Y no es así. No subir el importe que corresponde a las pensiones es simple y llanamente un robo. Y es un robo a las personas más desprotegidas. La situación es aún más grave, si tenemos en cuenta que mientras el gobierno roba con una mano el dinero de los pensionistas, con otra mano se muestra generoso con la banca o la iglesia, por poner dos ejemplos. Es la clásica situación del que invita con dinero ajeno. ¡Qué bien hemos quedado! ¡Hemos rescatado a los bancos! ¡Estamos manteniendo a la Iglesia!

En justicia, parte de esos bancos y parte de las iglesias pertenecen ahora a los pensionistas. Algún juez debería, de oficio, tramitarlo. No se puede consentir que un gobierno robe descaradamente a millones de personas con el beneplácito de la justicia. Porque a estas alturas lo más grave no es que el gobierno haya mentido. Lo de que no iba a tocar las pensiones es su enésima mentira. Lo más grave es que se han convertido, además, en una banda de delincuentes.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La excusa de la obediencia debida


He visto policías aporreando a indefensos ciudadanos por ejercer su derecho a manifestarse.

He visto a un policía ensañarse con un detenido y meterle los dedos en el ojo sin ningún motivo. Y a otro policía pisar la mano a un detenido cuando ya estaba inmovilizado. En ambos casos, sin necesidad, sólo por puro ensañamiento.

He visto policías actuar sin identificación (de uniforme y sin uniforme). Y he visto cómo han agredido a un ciudadano simplemente por pedirles el número de su placa, y no se lo han dado, pese a estar obligados a ello. Esto me hace pensar si realmente son policías o son unos incontrolados camuflados.

He visto a policías de uniforme detener a policías infiltrados. Y me gustaría que alguien me lo aclare: ¿los detenían por alborotadores? Porque, si es así, está claro que los policías infiltrados estaban provocando. ¿O es que los de uniforme detenían a manifestantes pacíficos? Porque, si es así, está claro que los policías de uniforme estaban provocando. A mí no se me ocurre una tercera explicación.

He visto a policía agredir a informadores, conculcando así uno de los derechos más sagrados: la libertad de información. Es evidente que, quien así actúa, lo hace porque le molesta que se sepa lo que está haciendo, porque es consciente de su iniquidad.

He oído decir que han cargado contra los manifestantes porque había entre ellos algunos violentos. Y eso me parece una falta total de profesionalidad. La labor de la policía es detener a quien infringe la ley y defender a quienes actúan dentro de la legalidad, como eran la mayoría de los manifestantes. Es como pretender que, ante un asesinato, se condene a toda la comunidad de vecinos en la que vive el asesino. Desde luego, es mucho más fácil que investigar quién es el culpable, pero es algo inaceptable. Como las cargas indiscriminadas.

He visto a un policía detener a una persona por leer la Constitución. Está claro que, cuando se está por saltarse la ley, molesta que te la recuerden.

He oído a los sindicatos policiales y a los responsables políticos defender todas esas arbitrariedades e incluso jactarse de ellas. Y eso es aún más grave cuando proviene de unos representantes políticos falsarios, que han llegado al poder mintiendo, con falsas promesas, con un programa que han incumplido desde el primer momento, pese a lo cual se niegan a devolver la soberanía al pueblo que cayó en su engaño. Y una policía que, con la excusa de la obediencia debida, recibe órdenes de quien sea, aun a sabiendas de su ilegitimidad. Y, lo que es aún más grave, se jacta de sus actuaciones, cuando debería avergonzarse de ellas.

25-S: aclarando algunos conceptos

A raíz de las manifestaciones de ayer en Madrid, se han podido oír algunas cosas que me gustaría aclarar:

He leído a alguien que dice que los manifestantes pretenden ganar en la calle lo que no han ganado en las urnas. Pero esto no es así. En las urnas se ha votado un programa electoral con el que podemos estar o no de acuerdo, pero que en estos momentos nadie está cumpliendo. Con toda la desfachatez del mundo, los representantes elegidos por el pueblo se han erigido en nuevos mesías que deciden lo que viene mejor a sus súbditos. Esto, se quiera o no, es una tiranía disfrazada. Presentarse como tiranía no vende en nuestra sociedad actual. Hay que utilizar un disfraz. Y están utilizando el disfraz de demócratas.

Los votos obtenidos en las urnas no les legitiman para hacer todo lo que se les ocurra. Únicamente les legitima para llevar adelante un programa que es por el que han obtenido el respaldo popular. En el momento en que lo incumplen, estamos totalmente legitimados para salir a la calle. Incluso la inicialmente anunciada "toma" del congreso sería más legal que su persistencia en mantenerse al frente del gobierno.

Se ha pretendido hacer las cosas de una manera "suave". Pero ellos necesitan infundir miedo. Las tiranías se mantienen en el poder mediante el terror. Si ayer no pasa nada, es probable que más gente se anime a salir a la calle a denunciar la estafa electoral sufrida. Y eso no lo pueden permitir, porque no son demócratas.

También he oído de todo con respecto a los funcionarios policiales que han disuelto las manifestaciones. Me pongo en su lugar (es difícil, porque siempre que hemos coincidido me ha tocado estar al otro lado de la barricada) y llego a entender que su situación es difícil, que tienen que cumplir órdenes... Y también entiendo que no todos actúan igual, que hay algunos que parece que disfrutan agrediendo a su pueblo.

Hace muchos años me tocó enfrentarme más de una vez con la policía franquista. Ahí sí que no había disculpa posible. El que entraba en la policía, o era muy tonto (que también los había en abundancia) o sabía que entraba en un cuerpo represivo al servicio de la dictadura. Eran matones a sueldo. Sin más.

Ahora, sin embargo, supongo que más de uno se ha hecho policía pensando en defender la democracia. Pues quienes así piensan tienen que saber que la democracia, ayer, estaba del lado de los manifestantes a los que estaban agrediendo. La policía actual tiene mecanismos de defensa, tiene sindicatos que deberían actuar y no permanecer callados: que sepan que ayer estuvieron defendiendo a un gobierno que, al incumplir su programa electoral está incumpliendo el mandato del pueblo soberano y se está colocando fuera de la legalidad. No me vale decir que las leyes los amparan. El actual gobierno es ilegal en una democracia. Ha engañado a sus votantes y, por lo tanto, al pueblo soberano. Se que suena duro y que puede que hasta demagógico, pero hoy por hoy, el actual gobierno es ilegal y estamos legitimados para hacer todo lo posible por derribarlo.